Miércoles. 20:53 h.
En el interior de la iglesia del Inmaculado Corazón de María de Vigo, el silencio se interrumpe por los murmullos que llegan del exterior. En la puerta de entrada, un grupo de jóvenes de entre diecisiete y treinta años comentan alegres cómo ha ido su semana.
El sacerdote da la bendición, pero antes un aviso: a las nueve comienza la adoración organizada por la Delegación de Pastoral Juvenil. La mayor parte de los asistentes salen dispuestos a regresar a sus casas; otros, se sientan en su asiento a la espera de lo que pueda suceder a continuación.
Los jóvenes entran. Un pequeño grupo, el de los músicos, coloca micros e instrumentos en los primeros bancos; son los encargados de testimoniar la verdad de las palabras de San Agustín “el que canta, ora dos veces”. Otros adornan el altar con luces y mantos.
Nuestro obispo, don Luis, se reviste en la sacristía. Ha acudido a acompañar a los jóvenes, en este inicio de curso. Tras exponer al Santísimo en la custodia, don Luis les dirige unas palabras. Quiere recordarles la importancia de descubrir a Jesús como el maestro interior y alertarles de un peligro: buscarse a uno mismo es el camino equivocado, que no conduce a la felicidad y nos aparta de los demás.
En las palabras de nuestro obispo, un ruego: «pedirle al Señor y a los hermanos que nos ayuden a introducirnos en ese camino de Jesús que es el camino del amor, de la entrega, de la adoración, de la generosidad. Y ese camino es sólo Jesucristo».
Una joven de la diócesis, dirige la oración; otra proclama el Evangelio del domingo. Los tiempos de silencio bailan acompasados con la música, que crea un ambiente de intimidad y de encuentro.
Cuando uno se quiere dar cuenta, son las diez de la noche; el momento de Tabor llega a su fin. Las voces de los presentes elevan sus peticiones espontáneas. Don Luis se levanta para dar la bendición; antes un último deseo: encontrar una manera sana de vernos en medio de las dificultades actuales.